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Se sientan en el Sofá

jueves, 28 de febrero de 2008

LA CAZA DEL ZORRO

Vaya... Ya los oigo... Ya están aquí. Tu Sonrisa estrena caballo, ¿no?. Tu Inteligencia con la yegua fuerte y veloz a la que me cuesta tanto fintar. Tu Belleza siempre la primera y tras ella tu Mirada compitiendo con ella. No encuentro una madriguera, un rincón dónde esconderme de tus jinetes, de tus cazadores de corazones.
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Y ladrando, la jauría de tus besos que olfatean la presa con paciencia, con constancia, con intuición... asustándome, haciéndome retrocer a los oscuros agujeros en los que, sin éxito, intento esconderme. Corro y corro, exponiéndome, a campo abierto. Siento el aliento de tus suspiros ya en mi nuca, erizando el pelaje, calentando mi sangre. Se, noto, que me están acorralando, que no tardaré en ser cazado.
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Tu Hechizo casi lo consigue, ha estado cerca, muy cerca... falló por poco el disparo. Pero de pronto veo cabalgar tras de mi a tu Amor, con esa fe que sólo él puede tener en conseguir la presa. Salta un seto con holgura y, cayendo, casi sin ángulo, descarga sobre mi lomo una perdigonada de caricias que me dan de lleno.
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Caigo, no puedo correr. Noto como lentamente me desangro, como mis fuerzas se agotan, como mi resistencia es inútil, como mi vida se acaba. Y tus Manos descabalgan y me cojen, desuellan mi piel herida de caricias y entregan el trofeo al cazador, al triunfador de esta caza del zorro, a tu Amor
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STEVE

domingo, 24 de febrero de 2008

LA BOYA



Hace tiempo que Steve lo veía durante el paseo que todas las tardes se obligaba a dar por el muelle del oeste. Todos los días, sin excepción, en el viejo pantalán. Sentado, la caña de pescar largada con la boya flotando y meciéndose lentamente a un lado y a otro al ritmo de las tranquilas olas, en un baile de irregulares vaivenes que hacía fijar los ojos, siguiéndola inevitablemente, cayendo en su hechizo hipnótico, místico, al que dedicaba cada día la hora de descanso de su paseo, una hora todos los días viéndole pescar.


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A intervalos regulares, el hombre metía un cacillo en el cubo que tenía a su derecha y arrojaba al mar una mezcla maloliente de pescado y pan.


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-“Para cebar a los peces, para atraerlos - pensó Steve – y así poder pescar mas”


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Pero el hombre nunca pescaba nada. Por más que Steve esperara jamás vio picar un solo pez en la caña del hombre. Una tarde optó por acercarse más. Bajó al pantalán y saludó al hombre con aire educado, cortes. Le devolvió el saludo entre una afable sonrisa y un movimiento campechano de su brazo izquierdo que sujetaba un cigarro. Poco a poco, tarde a tarde, la conversación y la confianza entre los dos hombres aumentó, por lo que Steve reunión la valentía necesaria para preguntar:


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-“Oye, Paco – ese resultó ser su nombre – Quisiera preguntarte algo… Tu nunca pescas nada y sin embargo vienes todas las tardes… ¿No te cansas?”


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- “¿Yo? ¿Quién te ha dicho que vengo a pescar? Vengo todos los días a ver la puesta de sol tan hermosa de este lugar. Mientras espero, alimento a los peces con lo que traigo en el cubo. Mira – dijo sacando el anzuelo del mar – ni siquiera llevo cebo”


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- “Entonces… ¿para que traes la caña?”


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- “Para disimular… si me viera la gente todos los días sentado aquí y dando de comer a los peces, me tomarían por loco y me enviarían a un asilo”


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Desde aquel día se puede ver a los dos amigos todos los días, sin excepción, siempre a la misma hora, en el viejo pantalán, Sentados, las cañas de pescar largadas. A intervalos regulares, o bien Paco o bien Steve, meten un cacillo en el cubo que hay entre los dos y arrojan al mar una mezcla maloliente de pescado y pan.
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A cambio la Naturaleza les ofrece el espectáculo inigualable de una preciosa puesta de sol. Un baile eterno entre el mar y el sol. Una sinfonía de colores, de luces y sombras, de paz y tranquilidad…
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STEVE

lunes, 18 de febrero de 2008

LA MAQUINA

El médico me miró directamente a los ojos:
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- Mira - me dijo - los resultados están claros. Cada vez que duermes, te mueres sesenta y tres veces a la hora.
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Muchas muertes me parecen esas para una persona de mi inteligencia, pero si él lo dice... Y yo sin ver la famosa luz. Nada; sesenta y tres veces a la hora y ni un maldito destello, ni un camino, ni una cara conocida, ni un angelote de esos pequeñitos... Nada. Será que no me quieren en ninguna parte y me devuelven. Ya veras ya, voy a coger un complejo por esto que me llevará a una depresión... ¿pero si cojo una depre que hago?. Para que suicidarme, bastará con dormirme. Tendré que coger una depresión muy grande para morir sesenta y tres veces a la hora... Sesenta y tres veces por siete horas... cuatrocientos cuarenta y un intentos de suicidio fallidos... ¡Qué fustración! y sobre todo que pesadez... morirse tantas veces para nada... ¡Que esfuerzo tan inútil!
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Eso si... mirado por el otro lado... a ver quien es el guapo que me iguala... ¡cuatrocientas cuarenta y siete muertes en una noche! ¡A ver quien supera eso! No, si yo, cuando hago una cosa, la hago a lo grande, sin pararme en gastos, sin mirar cantidades... ¡P'a chulo yo, oye!
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- Sesenta y tres veces por hora - insistía - sale a más de una vez por minuto... Es un resultado severo.
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Lo ves... muerto de envidia está. En vez de hacer el cálculo por lo alto, lo tira por lo bajo... ¡Envidioso! Si te va a dar igual 1.05 por minuto que cuatrocientas cuarenta y siete veces por noche de 7 horas. Lo único que a ver como demuestro yo que hago ese 0.05 de muerte al minuto... Lo hace para liarme, para menospreciarme, para decirme "severo".
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- Sesenta y tres paradas cardiorespiratorias supone que no descansas, que no duermes. Tu corazón - explicó - pasa la noche sufriendo - (¿En qué prueba ha visto este mis sentimientos? ¿Como sabe que te quiero, que te echo de menos?) - y tu cerebro pasa la noche despierto para poder resucitarte sesenta y tres veces por hora (si, ya lo se; 1.05 veces minuto).
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Intolerable... que mi corazón sufra es normal, ya estoy acostumbrado, pero que mi cerebro no duerma para poder resucitarme me parece intolerable. ¡Hay que hacer algo! Esto no puede continuar así... Ahora entiendo lo malo que soy escribiendo... mi pobre cerebro está agotado, insomne, siempre alerta, a la que salta, vamos...
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- Pero tiene fácil solución - ¿ha dicho fácil? Mi corazón sufre, mi cerebro desvelado y él lo ve fácil. Como se nota que no le pasa a él. Habrá que operarme, digo yo...¿Pero qué? ¿El corazón? ¿El cerebro? - te conectamos a esta máquina y veras como notas los efectos beneficiosos enseguida.
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Y aquí estoy... ya no duermo solo. Hay que verme conectado... Todo un espectáculo. Ahora duermo enganchado a una máquina. Una hermosura que vigila por mi, que permite a mi cerebro descansar (mi corazón sigue sufriendo, pero es por ti, por verte tan poco...) que evita que muera esas cuatrocientas cuarenta y siete veces por noche, sesenta y tres veces por hora y 1.05 veces por minuto.
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¡Qué curioso! Una máquina que me hace féliz.
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STEVE

lunes, 11 de febrero de 2008

TODO SE REPITE

Tantas cosas, tantos cuerpos, tantos años..... para verte esta noche y verme hundido, reventado en trozos de corazón saltando por los aires, explotando en tu cara, delatándome....
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Y que pasa si aún te quiero?? Qué mentira vivo mientras añoro tus caricias?? No me dió la muerte otra oportunidad para perderte eternamente??
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Ingenuamente te he sonreido. Mi alma florecía al oirte... te casaste... te separaste... estoy bien, si... te esperaba. Claro, claro... quedaremos, mentiremos, disimulando.... Pero a la sonrisa le ha seguido una caricia..... a la caricia un beso... al beso ... al beso la agonía de tener tu cuerpo bajo el mio intentando retenerte mientras mis manos gritan "no te vayas!!, no te vistas, quédate, al menos, toda la vida".
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Y un "me voy que no he cenado" ha sido tu tonto broche, tu despedida. "No te preocupes, nos veremos pronto. yo te llamo".... el mismo "yo te llamo" de la última vez que te marchaste, con el mismo "no seas tonto, déjame ir", con el mismo beso tibio de despedida de hace 10 años. Y tu olor por todo mi cuerpo... mi cuerpo dentro de ti... mis manos vacias, mi corazón temblando....
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Retenerte es imposible, ya lo se, siempre lo supe... Y volviendo a casa muy despacio, me he convertido en nube.... y me he ido a llorar por ti.... y por el suelo que siempre está en el mismo sitio, mojándolo.
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STEVE

lunes, 4 de febrero de 2008

EL CAMINO (Final nº2)

Él estaba triste. Se habían intuido palabra a palabra. Se conocieron jugando con sus corazones, dedo a dedo, en las noches cálidas de un verano distante y malva. Sus manos no conocían su piel. Sus labios no probaron los de ella. Quizás amaba, pero eran de otro sus suspiros.
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La playa estaba solitaria en la avanzada madrugada. La brisa erizaba su piel. Estaba solo frente al mar y lloraba. Lloraba de manera espesa y lenta, mojando la húmeda arena con gotas de su alma. No encontraba el camino. Fracasaba. El peso de la vida en sus espaldas era casi insoportable. ¿Qué hacer? Creyó fácil encontrar senderos que le llevaran a la realidad que intuía cierta, pero obstáculos invisibles flanqueaban los caminos.
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De pronto, el milagro, la solución: ante sus ojos se extendía un nuevo sendero, una nueva promesa. Se reflejaba plateado sobre el mar, perdiéndose en el horizonte, haciéndose infinito. Decidió seguirlo por si fuera ese el correcto y comenzó a caminar a buen ritmo por la playa. La tristeza se tornó en esperanza al notar el agua en sus pies. Siguió avanzando mientras pudo, hasta que, para no ahogarse, tuvo que empezar a nadar.
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Nadaba rítmicamente, cadenciosamente, como bailando. Un brazo, luego el otro… sin desfallecer, alegremente. ¿Habría encontrado, al fin, lo que buscaba? Clareaba el cielo antes tan oscuro, y con la luz se borró el camino. ¿Hacia dónde seguir? ¿Dónde dirigir las brazadas? Comenzó a reír a carcajadas. Supo que se había equivocado. ¿Por seguir el reflejo de la luna llena sobre el agua? No, no era eso. Ella no podía haber seguido ese camino. Ella no sabía nadar.
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Lo encontraron medio muerto unos pescadores a medio día. Temblando, asustado, como un niño. Sus ojos perdidos en el horizonte, en el infinito. Nadie pudo arrancarle una palabra, nadie supo su historia, nadie de su amor, de su coraje. Nadie al fin de sus carcajadas de loco enamorado.
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El hospital era un sitio cálido dónde curar su cuerpo, dónde apaciguar su alma. Pasaba los días, uno tras otro, como en fila, mirando el mar tras la ventana, buscando aquel camino plateado en el que puso toda su fe. “Tal vez, si hubiera nadado más deprisa…” Estaría ahí otra vez la próxima luna llena.
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La playa estaba solitaria en la avanzada madrugada. La brisa erizaba su piel. Estaba solo frente al mar, mirando el plateado camino, y otra vez lloraba. Lloraba de manera espesa y lenta, mojando la húmeda arena con gotas de su alma. Había llegado el momento de lanzarse otra vez al agua.
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No había dado aún ni cinco pasos cuando oyó su voz: “¡No vayas!”. Se giró y la vio salir de las sombras de la playa. Al acercarse a ella, al coger sus manos, pudo ver en sus ojos reflejada la luz de la luna. “Yo tenía razón. Encontré el camino. Sólo equivoqué la dirección”. Se besaron dulcemente regalándose caricias tanto tiempo guardadas.
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Los pescadores llevaron su historia de puerto en puerto. La historia de un loco que nadaba en la estela de la luna sobre el mar. Ella sólo tuvo que esperar la luna llena en la playa para encontrarle. Sabía que lo volvería a intentar.
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STEVE

domingo, 3 de febrero de 2008

EL CAMINO (Final nº 1)

Él estaba triste. Se habían intuido palabra a palabra. Se conocieron jugando con sus corazones, dedo a dedo, en las noches cálidas de un verano distante y malva. Sus manos no conocían su piel. Sus labios no probaron los de ella. Quizás amaba, pero eran de otro sus suspiros.
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La playa estaba solitaria en la avanzada madrugada. La brisa erizaba su piel. Estaba solo frente al mar y lloraba. Lloraba de manera espesa y lenta, mojando la húmeda arena con gotas de su alma. No encontraba el camino. Fracasaba. El peso de la vida en sus espaldas era casi insoportable. ¿Qué hacer? Creyó fácil encontrar senderos que le llevaran a la realidad que intuía cierta, pero obstáculos invisibles flanqueaban los caminos.
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De pronto, el milagro, la solución: ante sus ojos se extendía un nuevo sendero, una nueva promesa. Se reflejaba plateado sobre el mar, perdiéndose en el horizonte, haciéndose infinito. Decidió seguirlo por si fuera ese el correcto y comenzó a caminar a buen ritmo por la playa. La tristeza se tornó en esperanza al notar el agua en sus pies. Siguió avanzando mientras pudo, hasta que, para no ahogarse, tuvo que empezar a nadar.
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Nadaba rítmicamente, cadenciosamente, como bailando. Un brazo, luego el otro… sin desfallecer, alegremente. ¿Habría encontrado, al fin, lo que buscaba? Clareaba el cielo antes tan oscuro, y con la luz se borró el camino. ¿Hacia dónde seguir? ¿Dónde dirigir las brazadas? Comenzó a reír a carcajadas. Supo que se había equivocado. ¿Por seguir el reflejo de la luna llena sobre el agua? No, no era eso. Ella no podía haber seguido ese camino. Ella no sabía nadar.
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Lo encontraron muerto unos pescadores a medio día. Nadie supo su historia, nadie de su amor, de su coraje. Nadie al fin de sus carcajadas. No pudo ser, como hombre juzgado. ¿Otro loco? ¿Un suicida? Un hombre en busca de su sueño, un inmortal, un poeta.
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STEVE