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Se sientan en el Sofá

domingo, 24 de febrero de 2008

LA BOYA



Hace tiempo que Steve lo veía durante el paseo que todas las tardes se obligaba a dar por el muelle del oeste. Todos los días, sin excepción, en el viejo pantalán. Sentado, la caña de pescar largada con la boya flotando y meciéndose lentamente a un lado y a otro al ritmo de las tranquilas olas, en un baile de irregulares vaivenes que hacía fijar los ojos, siguiéndola inevitablemente, cayendo en su hechizo hipnótico, místico, al que dedicaba cada día la hora de descanso de su paseo, una hora todos los días viéndole pescar.


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A intervalos regulares, el hombre metía un cacillo en el cubo que tenía a su derecha y arrojaba al mar una mezcla maloliente de pescado y pan.


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-“Para cebar a los peces, para atraerlos - pensó Steve – y así poder pescar mas”


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Pero el hombre nunca pescaba nada. Por más que Steve esperara jamás vio picar un solo pez en la caña del hombre. Una tarde optó por acercarse más. Bajó al pantalán y saludó al hombre con aire educado, cortes. Le devolvió el saludo entre una afable sonrisa y un movimiento campechano de su brazo izquierdo que sujetaba un cigarro. Poco a poco, tarde a tarde, la conversación y la confianza entre los dos hombres aumentó, por lo que Steve reunión la valentía necesaria para preguntar:


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-“Oye, Paco – ese resultó ser su nombre – Quisiera preguntarte algo… Tu nunca pescas nada y sin embargo vienes todas las tardes… ¿No te cansas?”


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- “¿Yo? ¿Quién te ha dicho que vengo a pescar? Vengo todos los días a ver la puesta de sol tan hermosa de este lugar. Mientras espero, alimento a los peces con lo que traigo en el cubo. Mira – dijo sacando el anzuelo del mar – ni siquiera llevo cebo”


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- “Entonces… ¿para que traes la caña?”


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- “Para disimular… si me viera la gente todos los días sentado aquí y dando de comer a los peces, me tomarían por loco y me enviarían a un asilo”


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Desde aquel día se puede ver a los dos amigos todos los días, sin excepción, siempre a la misma hora, en el viejo pantalán, Sentados, las cañas de pescar largadas. A intervalos regulares, o bien Paco o bien Steve, meten un cacillo en el cubo que hay entre los dos y arrojan al mar una mezcla maloliente de pescado y pan.
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A cambio la Naturaleza les ofrece el espectáculo inigualable de una preciosa puesta de sol. Un baile eterno entre el mar y el sol. Una sinfonía de colores, de luces y sombras, de paz y tranquilidad…
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STEVE

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Una puesta de sol......que bonito y tu la ves a menudo a que si?
Bonito relato, quien sabe si en cabo do mundo se daría tan perfecto..
Bicos.
Maripili.

S T E V E dijo...

Maripili:

Pues si, sabes que me gusta ver puestas de sol... es un puro vicio.

seguro que la magia del cabo hará que sea la mas perfecta puesta de sol del mundo (do mundo, jejejeje). Luego llegaré yo y la estropearé, seguro, pero tengo que hacerlo, es una obsesión, un irrefrenable deseo, un, un, un... una locura, jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja

Nanny Ogg dijo...

Tiene razón Paco, si lo ven ahí sentado, dando de comer a los peces, lo mandan al asilo. Menos mal que tiene ingenio :)

Qué ganas tengo de volver a ver una puesta de sol sobre el mar...

Besos

Sil.* dijo...

STEVE: De acuerdo a la contestación que le hiciste a mi comment en el post anterior, en este encontraría las claves de tu miedo. Te digo amigo que no debes tener tal miedo. Observar una puesta de sol es algo maravilloso que la naturaleza nos regala día a día.
Ahora, entre nosotros y que nadie sepa: no sería mejor llevarla y mostrarle lo encantador que puede ser el amor cuando está acompañado por un regalo de la madre naturaleza? Pensalo, quizás te saque el miedo de tal forma que hasta te animes a susurrarle un poema al oído.

Besos gigantes!!

Sil

Esteban dijo...

Cuando lei tu narracion en otra parte te dije que tienes al escribir la gran virtud de transportarnos a bordo de cada letra al lugar y al momento donde transcurre tu relato, tanto que podria jurar haber visto como se escapaba el dia junto a Steve.