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Se sientan en el Sofá

lunes, 4 de febrero de 2008

EL CAMINO (Final nº2)

Él estaba triste. Se habían intuido palabra a palabra. Se conocieron jugando con sus corazones, dedo a dedo, en las noches cálidas de un verano distante y malva. Sus manos no conocían su piel. Sus labios no probaron los de ella. Quizás amaba, pero eran de otro sus suspiros.
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La playa estaba solitaria en la avanzada madrugada. La brisa erizaba su piel. Estaba solo frente al mar y lloraba. Lloraba de manera espesa y lenta, mojando la húmeda arena con gotas de su alma. No encontraba el camino. Fracasaba. El peso de la vida en sus espaldas era casi insoportable. ¿Qué hacer? Creyó fácil encontrar senderos que le llevaran a la realidad que intuía cierta, pero obstáculos invisibles flanqueaban los caminos.
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De pronto, el milagro, la solución: ante sus ojos se extendía un nuevo sendero, una nueva promesa. Se reflejaba plateado sobre el mar, perdiéndose en el horizonte, haciéndose infinito. Decidió seguirlo por si fuera ese el correcto y comenzó a caminar a buen ritmo por la playa. La tristeza se tornó en esperanza al notar el agua en sus pies. Siguió avanzando mientras pudo, hasta que, para no ahogarse, tuvo que empezar a nadar.
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Nadaba rítmicamente, cadenciosamente, como bailando. Un brazo, luego el otro… sin desfallecer, alegremente. ¿Habría encontrado, al fin, lo que buscaba? Clareaba el cielo antes tan oscuro, y con la luz se borró el camino. ¿Hacia dónde seguir? ¿Dónde dirigir las brazadas? Comenzó a reír a carcajadas. Supo que se había equivocado. ¿Por seguir el reflejo de la luna llena sobre el agua? No, no era eso. Ella no podía haber seguido ese camino. Ella no sabía nadar.
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Lo encontraron medio muerto unos pescadores a medio día. Temblando, asustado, como un niño. Sus ojos perdidos en el horizonte, en el infinito. Nadie pudo arrancarle una palabra, nadie supo su historia, nadie de su amor, de su coraje. Nadie al fin de sus carcajadas de loco enamorado.
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El hospital era un sitio cálido dónde curar su cuerpo, dónde apaciguar su alma. Pasaba los días, uno tras otro, como en fila, mirando el mar tras la ventana, buscando aquel camino plateado en el que puso toda su fe. “Tal vez, si hubiera nadado más deprisa…” Estaría ahí otra vez la próxima luna llena.
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La playa estaba solitaria en la avanzada madrugada. La brisa erizaba su piel. Estaba solo frente al mar, mirando el plateado camino, y otra vez lloraba. Lloraba de manera espesa y lenta, mojando la húmeda arena con gotas de su alma. Había llegado el momento de lanzarse otra vez al agua.
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No había dado aún ni cinco pasos cuando oyó su voz: “¡No vayas!”. Se giró y la vio salir de las sombras de la playa. Al acercarse a ella, al coger sus manos, pudo ver en sus ojos reflejada la luz de la luna. “Yo tenía razón. Encontré el camino. Sólo equivoqué la dirección”. Se besaron dulcemente regalándose caricias tanto tiempo guardadas.
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Los pescadores llevaron su historia de puerto en puerto. La historia de un loco que nadaba en la estela de la luna sobre el mar. Ella sólo tuvo que esperar la luna llena en la playa para encontrarle. Sabía que lo volvería a intentar.
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STEVE

2 comentarios:

Nanny Ogg dijo...

Mucho mejor este final ¿dónde va a parar? A mí es que me gustan los finales felices, no lo puedo evitar :)

Besos

Sil.* dijo...

Steve: Es increíble lo que me ha sucedido. Vi tu comentario en mi blog y quise devolverte la visita. No solo encontré cosas exquisitas, sino que además encuentro que estoy dentro de tus favoritos!!
Esto no debe terminar en un simple "gracias" sino en un MIL GRACIAS.

Sigo leyéndote y sigo tus pasos!!

Besos uruguayos!!
Sil