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Se sientan en el Sofá

domingo, 16 de marzo de 2008

LA MONTAÑA

La recuerdo perfectamente a pesar de contar tan sólo con seis añitos. Alta, muy alta; desafiante y puntiaguda; casi simétrica. Era la obsesión de la chavalería de mi barrio. Todos queríamos ser los primeros en subir hasta la cima. Incluso Maxi, el del nº 2 de la calle de la Estrella, que parecía ya estar por encima de esas tonterías (9 años, ¡que mayor!), en el fondo de su corazón deseaba vencerla.

Un día no lo pensamos mas. Cinco niños valerosos nos lanzamos a conseguir tan importante empresa. Abrimos un boquete en la alambrada, fuera de la vista de curiosos y... allí estaba. Aún mas imponente de cerca. Sabíamos que el esfuerzo iba a ser grande; sabíamos que llegaríamos tarde a casa a comer; sabíamos que si el encargado de la fábrica nos pillaba, la cosa se iba a poner muy fea, muy fea (especialmente nuestros traseros), pero merecía la pena conseguir el sueño de subir hasta la cima aquella montaña de perchas de madera.

Comencé a subir a toda marcha. Las piernas se me iban colando entre los huecos y me las estaba desollando desde el tobillo al muslo. Cuando creía estar en una posición firme, las perchas se deslizaban bajo mis pies haciéndome perder el equilibrio y retrocediendo algunos metros que con tanto esfuerzo había conseguido subir. Pero yo me sabía el mas ágil de grupo de esforzados y paso a paso conseguí mi propósito: estaba en lo mas alto de la montaña de perchas, había sido el primero en escalarla, en conseguir la proeza.

Tanta alegría terminó mal. Saltaba y saltaba mientras gritaba de alegría cuando de pronto el suelo cedió. Mis pies resbalaron con las maderas y caí, como un esquiador, pendiente abajo, arrastrando percha y mas perchas, con tal estrépito que el encargado de la fábrica acudió al oír el ruido y nos pilló a los cinco escaladores subiendo casi en la cima de la montaña, salvo a mi que, escalabrado y sangrando me encontraba a los pies de la montaña aturdido y magullado.

Mi padre, avisado, vino a recogerme. Su cara denotaba claramente su enfado. No me dijo nada ni cuando bajé los ojos esperando la regañina. No me dijo nada mientras regresábamos a casa. Cuando intentaba limpiarme la sangre de las piernas y componerme un poco, me sonrió, me revolvió el pelo y me dijo:

- ¿Te has divertido, bichejo? - yo moví la cabeza afirmando. Me hubiera gustado contarle la sensación de la escalada, de coronar, incluso la de resbalar desde la cima hasta la base... Pero me mantuve en un prudente silenció - sabes lo que te va a pasar cuando te vea tu madre, ¿no? Será mejor que encuentres una buena escusa.

Y regresamos cantando a casa, dónde mi madre para variar, y siempre después de las tiritas, me dio una azotaina. Que mereció la pena por haber sido el único del barrio que había llagado a la cima.

STEVE

4 comentarios:

Esteban dijo...

Que lindo es atesorar esos recuerdos de la niñez, evocar los momentos y pasmarlos aqui para nuestro deleite !bravo escalador!

Nanny Ogg dijo...

No creo que haya ningún escalador profesional que pueda llegar a sentir esa sensación, estoy convencida. Eso sólo puede sentirlo un niño :)

Besos

Gaby Gaby dijo...

Uhhh no en vano dicen que "Sarna con gusto no pica..." eso denota que cuando uno quiere hacer algo poco importa el castigo en comparación del gusto de lograr lo propuesto!!!Un Beso

Nohelia dijo...

Me diverti...

Además, amplié mi vocabulario...

Regañina... supongo es Vaciaá en Colombiano (Regaño)

Bichelo ... chino o pelaó... a lo colombiano también.(Niño)

Azotaina... te pegó.. (azotar con un cinturon o correa)

Si no es así, agradezco ayudarme a entender, aprecio aprender.

Gracias